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El trauma del aborto

Todo inició con una prueba de embarazo positiva. El mundo se me vino abajo, sobre todo después de no recibir el apoyo de mi novio, quien al enterarse se alejó de mí, no cortamos pero, simplemente no contestaba mis mensajes o llamadas. Mi padre había enfurecido con la noticia, la cual le dijo mi mamá después de que encontrara mi prueba en el bote de la basura. Mi madre se vio un poco más comprensiva, pero aun así no podía digerir la idea que después de tantas pláticas, consejos y educación, me haya quedado embarazada de un hombre que ni siquiera quería hacerse cargo de su propio hijo. Todo se desmoronaba pedazo a pedazo y no sabía qué hacer. Cuando la mente está destrozada, así como el corazón y el alma, solemos tomar decisiones desesperadas y que no suelen ser las mejores.

Decidí ir con un médico para pedirle unas pastillas para abortar. Sin que nadie lo supiera, espere a que llegara la noche para tomarlas, después todo se complicó. Desperté con sangrado abundante, mis cobijas estaban cubiertas de sangre y el frío recorrió todo mi cuerpo. Le mandé un mensaje por WhatsApp a mi hermana, contándole brevemente lo que había pasado y con una foto de mis sábanas. Ella corrió a mi habitación y soltó un grito ahogado al ver la escena. En seguida llamó un taxi para irnos al hospital. Por suerte o por desgracia, como quieran verlo, mis padres no estaban en casa. Llegamos al hospital y el doctor que me atendía me preguntó lo que había pasado, pero mentí diciéndole que no lo sabía. Él me dijo que lo más recomendable era que dijera la verdad, pues ya sabía que me había provocado un aborto, de lo contrario llamaría a la policía, ya que en el Estado de México no está permitido el aborto. Me detuvo el sangrado, pero me recomendó ir a la Ciudad de México, donde está legalizado, y que sólo dijera que vivo en la CDMX.

Después de atenderme y comenzar con mi recuperación, mis padres y mi supuesto novio se enteraron de lo que hice. Todos me atacaron, mi pareja me dijo asesina, mi padre me ignoraba y mi madre no paraba de insultarme. Pude haber muerto, arruiné la relación con mi familia y el único apoyo que me quedaba era el de mi hermana, pero no quería agobiarla demasiado, así que me encerré en mi propio mundo, en el cual comenzaron a haber apariciones. El estrés postraumático de la situación me llevó a tener alucinaciones- Veía bebés por todos lados, sentía sus miradas, incluso escuchaba sus llantos. Incluso compraba ropa y artículos para bebés para tratar de calmar mi dolor, pero éste sólo aumentaba. Mi vida ya no era normal.

Este es el escrito que dejó mi hermana antes de suicidarse. Se encontraba en el techo de la casa y se lanzó al vacío. Estuvo un par de semanas en coma y cuando despertó preguntó si se había salvado el bebé que estaba en nuestra azotea a punto de aventarse. No había ningún bebé, su mente le jugó una mala pasada. Tres días después de despertar, complicaciones en su cerebro la llevaron a la muerte. Debimos apoyarla aún más.